La vida y esas cosillas

Los lazos de sangre están sobrevalorados.

No hace muchas noches me vi repitiendo en diferentes conversaciones una misma frase que es la que, precisamente, titula este texto: “Los lazos de sangre están sobrevalorados.”  

Lo afirmé con rotundidad, como si se tratara de una verdad universal, independientemente de que sobre el asunto pueda considerarme casi doctora… Cuando solté la bomba, durante una milésima de segundo, a algún interlocutor se le quedó cara de susto, pero después, una vez procesada la información, los encontré respondiéndome con un sincero “totalmente” con el que más que un debate se inició una terapia. Sin diván, pero terapia.  

Y es que lo que aceptamos como verdadero y auténtico, el poder de la sangre que todo lo une, lo cura y lo baña de respeto y lealtad, en realidad es una creencia más que podemos sumar a todas esas que hemos escuchado desde que tenemos uso de razón y que han crecido con nosotros como algo intrínseco e incuestionable. Lo interiorizamos sin darle una oportunidad al beneficio de la duda: ¿y si no fuera así?, ¿y si la sangre no lo hiciera todo? Sin que en nosotros se produzca una ruptura con lo aceptado como verdadero, continuamos caminando hasta que llegan los baches, las decepciones, las situaciones incómodas y las culpas… ay, las culpas… otra piedra más que tendemos a guardar en la mochila porque alguna que otra vez nos han insistido en que su carga es fundamental para nuestro aprendizaje vital, blablablá blablablá blablablá. No abriré ese melón…

Los lazos de sangre tienden a definirse como una institución perfecta e idílica, una burbuja hogareña que nos protege y nos hace fuertes; conceptos que parecen sacados de El Padrino, como poco… La familia como reflejo de un clan en el que todos parecen cuidar de todos, tener copiosas y armoniosas comidas los domingos y cenas de Navidad llenas de paz, alegría e ilusión. Tíos, primos, hermanos, sobrinos, purpurina, arcoíris, sonrisas Profidén y a darle a tu cuerpo alegría Macarena… porque a la sangre de tu sangre hay que quererla, aguantarla y ayudarla… Really George?

Pues no, ya te digo yo que no y te lo digo antes de que te lleves un disgusto: no siempre es así, no tiene porqué ser así y no está mal que no sea así.

Yo, de todas las creencias que tengo instaladas en mi hardware, prefiero la que dice eso de que “el roce hace el cariño”, se me asemeja más a la realidad, al día a día de los mortales. Esto sí es indiscutible. Y punto.

Y es que hay personas que forman parte de ti, de tu memoria y de tus vivencias, desde que tienes uso de razón y a pesar de haber compartido la vida entera no compartes material genético ni nada que se le parezca. Personas con las que conectas, que te hacen sentir en paz, que te animan y a las que animas, a las que quieres y, parafraseando a la Vecina Rubia, con las que te pones piripi menos de lo que te gustaría.

Los afectos no van en la sangre, pero sí en las vísceras; los afectos se ganan, no se aprenden ni se fuerzan. Todo esto va mucho más allá de unos apellidos o de un linaje, al final se trata de personas, de energía, de protones y electrones, de que salten chispas o fuegos artificiales y yo, personalmente, casi que me quedo con los fuegos llenando de color la oscuridad…

Lo mejor es aceptar que puede importarte más tu vecino del quinto que el tío Eustaquio y que el tío Eustaquio puede que no soporte estar en la misma habitación que su hermano por muy hermano que sea…

La confianza y el cariño simplemente surgen, no hay que forzarlos. Hay personas maravillosas que son y están a nuestro lado y que a pesar de no ser de nuestra sangre siempre serán de nuestra alma.

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