La vida y esas cosillas

Te quiero en mi equipo.

Sí, es posible que este título te suene a programa de televisión, pero mucho antes de que los sillones giratorios se inventaran seguro que ya habías escuchado esta frase, y hasta me atrevo a adivinar que la emoción que sentiste entonces fue similar a la del aspirante de turno cuando ve que su admirada estrella ha apostado por él.

No creo que esa emoción fuera muy diferente a la que sentías cuando te elegían en el patio del colegio para jugar al pañuelo o para tirar en un lado de la soga. Eras el elegido. Tú, sí, tú, por tus dones y virtudes, por tu fuerza o tu rapidez, pero el motivo era algo inherente a ti.

Estas elecciones no quedan solo en un patio de colegio o reflejadas en la televisión, la vida nos exige a veces sentirnos así de nuevo. Sentir nuestro valor, que alguien te mire, te señale y te diga: “Tú, a ti, sí, sí. Te quiero en mi equipo”.

Poco se compara a esa emoción de sentirse importante, aceptado y sobre todo valorado. Los seres humanos tenemos esta necesidad, que es tan básica como la de respirar, y a veces dejamos que nuestro peso sea calculado por personas ajenas que, en realidad, poco o nada tienen que ver con nuestra felicidad.

Y entonces ¿Qué pasa cuando en lugar de elegirnos por nuestra cara bonita nos ponen un apóstrofe al estilo genitivo sajón? Que levante la mano quien no ha sufrido el síndrome del genitivo sajón. Esto traducido al castellano vendría a decir que hay personas para quienes nunca seremos Enriqueta la Fantástica, sino la hija de, hermana de, amiga de, pareja de, o directamente  John’s dog – el perro de John… y tú que tan segura estabas de que brillabas con luz propia (ay, amiguita…), pasarás a tener el valor que te otorgue ese fucking apóstrofe. Una putada como otra cualquiera, I know

Tan triste como cierto, lo sé, lo sabemos… pero cargar con el desgaste que implican los afectos fingidos es una cruz que corresponde llevar a otros. Decepcionante, sí, puede ser, pero no deberíamos perder de vista que darnos valor es una tarea que debemos empezar a realizar nosotros mismos. Así que guarda un poco de luto por esa decepción (cinco minutos de silencio, un apoteósico berrinche, un mecagüenlaputadeoros…), muérdete la lengua porque los gilipollas siempre se ofenden y elígete a ti; sal de nuevo ahí afuera a jugar ese partido.

Y que sí, que el partido no se juega solo y el equipo necesita un cincuenta-cincuenta. Puede que te elijan para la portería porque eres más que torpe con el balón (es otra forma de verlo), pero también puede ser que lo hagan por tus reflejos, porque te consideran capaz de lidiar con esa responsabilidad, la de que ganar el partido dependa de ti.. y esta es la verdadera apuesta: creer en tu equipo a pesar del riesgo que siempre entraña el juego; creer en el cuento con final feliz.

Por eso me gusta elegir bien a mis jugadores. Pasarles el screening, someterles al reconocimiento médico y encontrar en ellos esos valores que hacen a las personas únicas. Un equipo que me nutra, que me aporte y me haga feliz, que no se cuelgue de un apóstrofe ni valga lo que diga un contrato.


Te quiero en mi equipo con total seguridad, por tu valor, por la paz que me das, por los dolores de cabeza, por tu mirada, por tener algo que yo no tengo. Te quiero en mi equipo: apuesto por ti. Calienta que salimos.

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