La vida y esas cosillas, Recuerditos

Un año ha.

No estaba en mi ciudad cuando por primera vez desde aquella huelga de controladores aéreos se activó el estado de alarma en el país. Me encontraba a unos cuantos kilómetros lejos de mi hogar, disfrutando del norte en una primavera anticipada. Pocos sabían de mi viaje y quienes tuvieron conocimiento de él estaban preocupados por la situación, por el miedo al contagio y porque las cosas empezaban a adquirir una tonalidad demasiado oscura…

Fue en esa tarde de un sábado de marzo cuando la realidad empezó a distorsionarse por completo. El silencio que reinaba en aquellas calles tan solo lo interrumpió un concierto improvisado de unos chavales bajo un puente en la ría; la música era lo más parecido a la vida mientras la ciudad empezaba a morir asfixiada de pavor. Horas después atendía atónita a las imágenes que declaraban un estado de alarma que, a golpe de decretazo, confinaba a todo el país. Cada mochuelo a su olivo, que diría aquel…

Regresé a casa a la mañana siguiente, teniendo claros mis derechos e intentando que el miedo no acabara por paralizarme haciéndomelos olvidar. Confieso que en algún instante me venció y me dejé arrastrar por una emoción que parecía dar la bienvenida a una guerra silenciosa donde la trinchera más segura era el hogar.

Y después ocurrió lo que todos ya sabemos:  El país quedo paralizado casi en su totalidad; el confinamiento masivo se prolongó en el tiempo convirtiéndose en nuestro presente y cambiando nuestro futuro.

A todos nos parecieron llevaderas las primeras semanas; muchos lo entendimos como un paréntesis lleno de oportunidades, de aplausos en el balcón, de videollamadas, animación vecinal, memes, retos culinarios, levaduras agotadas… Parecíamos estar encantados con nuestras obligadas vacaciones, viviendo una realidad paralela mientras los servicios esenciales tenían que dar la cara ante la incertidumbre y el sistema sanitario se tambaleaba.

Pero cuando las vacaciones comenzaron a alargarse nuestro hogar se convirtió en nuestra propia cárcel. Todo parecía regirse por la ley del más fuerte, tanto física como mentalmente. ¿Cómo pudimos sobrellevar las tensiones, la soledad, las horas muertas, la falta de luz, de aire puro, de sentir el cambio de las estaciones, las despedidas sin despedidas? ¿Quién no sintió el miedo en su piel, la asfixia, la tristeza, la rabia o la impotencia?

¿Y los policías del balcón, los jueces que se creyeron, y todavía hoy andan en esas, con la autoridad suficiente para decirte lo que tenías que hacer sin ser ellos paradigma de nada? Todos hemos pasado por la pandemia, pero la pandemia no ha pasado por todos nosotros…

Sobrevivimos al virus, al miedo, a la angustia e incluso sobrevivimos a nosotros mismos, pero aun hoy hay mucha gente aterrada que no se atreve a salir de casa o lo hace con miedo… Miedo al que también sucumbí y que desapareció cuando fui capaz de entender que la vida siempre es fugaz y que es, precisamente, esa fugacidad consciente el impulso que me obliga a no desperdiciar los días y a sentirme afortunada por cada nuevo amanecer.  La vida sigue pasando y abriéndose paso ante situaciones como la que todavía vivimos.

Un año ha que merece la pena ser mirado de frente, con perspectiva y valor. Tal vez sea el momento de celebrar que sigues vivo o tal vez el de mudar la piel… Tal vez seamos los mismos o completamente distintos. Tal vez la vacuna nos salve o simplemente nos haga más altos y más guapos, pero en este año hemos tenido la oportunidad de aprender algo más que a echarnos gel hidroalcohólico y a ponernos mascarillas: la vida es un cambio constante y la mejor forma de navegar en ella es echando el ancla en el presente.

 Un año ha, queridos… y los que te rondaré morena.

La vida y esas cosillas

Te quiero en mi equipo.

Sí, es posible que este título te suene a programa de televisión, pero mucho antes de que los sillones giratorios se inventaran seguro que ya habías escuchado esta frase, y hasta me atrevo a adivinar que la emoción que sentiste entonces fue similar a la del aspirante de turno cuando ve que su admirada estrella ha apostado por él.

No creo que esa emoción fuera muy diferente a la que sentías cuando te elegían en el patio del colegio para jugar al pañuelo o para tirar en un lado de la soga. Eras el elegido. Tú, sí, tú, por tus dones y virtudes, por tu fuerza o tu rapidez, pero el motivo era algo inherente a ti.

Estas elecciones no quedan solo en un patio de colegio o reflejadas en la televisión, la vida nos exige a veces sentirnos así de nuevo. Sentir nuestro valor, que alguien te mire, te señale y te diga: “Tú, a ti, sí, sí. Te quiero en mi equipo”.

Poco se compara a esa emoción de sentirse importante, aceptado y sobre todo valorado. Los seres humanos tenemos esta necesidad, que es tan básica como la de respirar, y a veces dejamos que nuestro peso sea calculado por personas ajenas que, en realidad, poco o nada tienen que ver con nuestra felicidad.

Y entonces ¿Qué pasa cuando en lugar de elegirnos por nuestra cara bonita nos ponen un apóstrofe al estilo genitivo sajón? Que levante la mano quien no ha sufrido el síndrome del genitivo sajón. Esto traducido al castellano vendría a decir que hay personas para quienes nunca seremos Enriqueta la Fantástica, sino la hija de, hermana de, amiga de, pareja de, o directamente  John’s dog – el perro de John… y tú que tan segura estabas de que brillabas con luz propia (ay, amiguita…), pasarás a tener el valor que te otorgue ese fucking apóstrofe. Una putada como otra cualquiera, I know

Tan triste como cierto, lo sé, lo sabemos… pero cargar con el desgaste que implican los afectos fingidos es una cruz que corresponde llevar a otros. Decepcionante, sí, puede ser, pero no deberíamos perder de vista que darnos valor es una tarea que debemos empezar a realizar nosotros mismos. Así que guarda un poco de luto por esa decepción (cinco minutos de silencio, un apoteósico berrinche, un mecagüenlaputadeoros…), muérdete la lengua porque los gilipollas siempre se ofenden y elígete a ti; sal de nuevo ahí afuera a jugar ese partido.

Y que sí, que el partido no se juega solo y el equipo necesita un cincuenta-cincuenta. Puede que te elijan para la portería porque eres más que torpe con el balón (es otra forma de verlo), pero también puede ser que lo hagan por tus reflejos, porque te consideran capaz de lidiar con esa responsabilidad, la de que ganar el partido dependa de ti.. y esta es la verdadera apuesta: creer en tu equipo a pesar del riesgo que siempre entraña el juego; creer en el cuento con final feliz.

Por eso me gusta elegir bien a mis jugadores. Pasarles el screening, someterles al reconocimiento médico y encontrar en ellos esos valores que hacen a las personas únicas. Un equipo que me nutra, que me aporte y me haga feliz, que no se cuelgue de un apóstrofe ni valga lo que diga un contrato.


Te quiero en mi equipo con total seguridad, por tu valor, por la paz que me das, por los dolores de cabeza, por tu mirada, por tener algo que yo no tengo. Te quiero en mi equipo: apuesto por ti. Calienta que salimos.

La vida y esas cosillas

Los lazos de sangre están sobrevalorados.

No hace muchas noches me vi repitiendo en diferentes conversaciones una misma frase que es la que, precisamente, titula este texto: “Los lazos de sangre están sobrevalorados.”  

Lo afirmé con rotundidad, como si se tratara de una verdad universal, independientemente de que sobre el asunto pueda considerarme casi doctora… Cuando solté la bomba, durante una milésima de segundo, a algún interlocutor se le quedó cara de susto, pero después, una vez procesada la información, los encontré respondiéndome con un sincero “totalmente” con el que más que un debate se inició una terapia. Sin diván, pero terapia.  

Y es que lo que aceptamos como verdadero y auténtico, el poder de la sangre que todo lo une, lo cura y lo baña de respeto y lealtad, en realidad es una creencia más que podemos sumar a todas esas que hemos escuchado desde que tenemos uso de razón y que han crecido con nosotros como algo intrínseco e incuestionable. Lo interiorizamos sin darle una oportunidad al beneficio de la duda: ¿y si no fuera así?, ¿y si la sangre no lo hiciera todo? Sin que en nosotros se produzca una ruptura con lo aceptado como verdadero, continuamos caminando hasta que llegan los baches, las decepciones, las situaciones incómodas y las culpas… ay, las culpas… otra piedra más que tendemos a guardar en la mochila porque alguna que otra vez nos han insistido en que su carga es fundamental para nuestro aprendizaje vital, blablablá blablablá blablablá. No abriré ese melón…

Los lazos de sangre tienden a definirse como una institución perfecta e idílica, una burbuja hogareña que nos protege y nos hace fuertes; conceptos que parecen sacados de El Padrino, como poco… La familia como reflejo de un clan en el que todos parecen cuidar de todos, tener copiosas y armoniosas comidas los domingos y cenas de Navidad llenas de paz, alegría e ilusión. Tíos, primos, hermanos, sobrinos, purpurina, arcoíris, sonrisas Profidén y a darle a tu cuerpo alegría Macarena… porque a la sangre de tu sangre hay que quererla, aguantarla y ayudarla… Really George?

Pues no, ya te digo yo que no y te lo digo antes de que te lleves un disgusto: no siempre es así, no tiene porqué ser así y no está mal que no sea así.

Yo, de todas las creencias que tengo instaladas en mi hardware, prefiero la que dice eso de que “el roce hace el cariño”, se me asemeja más a la realidad, al día a día de los mortales. Esto sí es indiscutible. Y punto.

Y es que hay personas que forman parte de ti, de tu memoria y de tus vivencias, desde que tienes uso de razón y a pesar de haber compartido la vida entera no compartes material genético ni nada que se le parezca. Personas con las que conectas, que te hacen sentir en paz, que te animan y a las que animas, a las que quieres y, parafraseando a la Vecina Rubia, con las que te pones piripi menos de lo que te gustaría.

Los afectos no van en la sangre, pero sí en las vísceras; los afectos se ganan, no se aprenden ni se fuerzan. Todo esto va mucho más allá de unos apellidos o de un linaje, al final se trata de personas, de energía, de protones y electrones, de que salten chispas o fuegos artificiales y yo, personalmente, casi que me quedo con los fuegos llenando de color la oscuridad…

Lo mejor es aceptar que puede importarte más tu vecino del quinto que el tío Eustaquio y que el tío Eustaquio puede que no soporte estar en la misma habitación que su hermano por muy hermano que sea…

La confianza y el cariño simplemente surgen, no hay que forzarlos. Hay personas maravillosas que son y están a nuestro lado y que a pesar de no ser de nuestra sangre siempre serán de nuestra alma.