Venecia

No. Venecia no es una ciudad. No.
Para mí, venecia es un club deportivo privado: El club.

Ese club del que todo el mundo suele decir orgulloso eso de “nosotros del
Venecia de toda la vida”, mientras tú, que siempre fuiste del Venecia de toda
la vida, piensas que habiendo pasado tantos años por allí esa cara no te suena
de nada. Teniendo en cuenta que se abrió al público en 1966 el “toda la vida” en
ocasiones no es un decir, sino algo casi literal. En mi caso, aunque no toda la vida,  sí forman parte de él unos cuantos buenos ratos hoy convertidos en recuerdos.

Aquí me pusieron el primer gorro de piscina para la primera y única clase de
un cursillo de natación de verano, el típico cursillo al que todos los padres
apuntan a sus hijos en la época estival. Era inevitable que pasara por ello…

¡Qué feo era el condenado! Amarillo, bien llamativo, con mi nombre mal
escrito con un rotulador negro que poco a poco empezó a volverse verde. Por
no hablar de la tortura que suponía ponerlo, los tirones y la sensación
de presión en la cabeza… Quien sabe si la culpa de que desistiera del cursillo
fue del gorro, pero podría haber sido perfectamente un motivo de peso.

También por esos mismos años existía una zona exclusiva para mujeres, un
lugar casi recóndito, semi escondido y dedicado al topless de los 90. Allí las
señoras y señoritas pasaban las horas a la parrilla, vuelta pa’ arriba, vuelta
pa’ abajo, entre pulverizadores flus-flus rellenos de agua (para no
perder ni un minuto de sol) y aceite Jonhson´s. Por aquel entonces lo de la
protección solar no estaba tan de moda como lucir un bronceado muy al estilo de
Julio Iglesias, al que, todo sea dicho de paso, seguramente todas escuchaban en
su Walkman (enlazo imagen para los Posmilenials 😉 ).

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El Venecia huele a plato combinado, ese que siempre pedía para cenar, con
sus patatitas fritas, su filetito de carne y ese trozo de tomate más verde que
rojo. Sabe a paella y a las interminables horas de espera para hacer la digestión
tras la comida, tres concretamente: tres eternas horas antes de poder meterte
al agua. Menos mal que somos niños y todavía no nos cuestionamos si pasar las horas
más calurosas del día achicharrándonos en la toalla es lo mejor para una buena digestión…
pero aceptamos pulpo ¡Qué remedio!

Para eternos los partidos de frontón de mi padre y no tanto me parecían los
de petanca de mi abuelo.

También pertenecen a este lugar las noches de verano volviendo a casa en
moto tras el sonido de los tornos al salir del club. Los columpios, perdón, los
columpios asesinos, de todas las formas y colores, de hierro macizo, sin
baldosas blandas, sobre un buen cemento y dispuestos de tal manera que optimizaban el espacio mejor que Marie Kondo. 
Tal era la optimización que si tenías que pasar por delante de uno de ellos para
llegar hasta el siguiente columpio, debias coordinarte con el balanceo para no llevarte
una patada de regalo y acabar en la enfermería…

Y hablando de coordinación, mención especial a la enorme rueda giratoria a la que se hacía girar (valga la redundancia) mientras corrías para luego subir a ella en movimiento. Y más te valía hacerlo bien para no acabar debajo  o dejándote las rodillas en el intento… Claramente con esos parques infantiles ¡Vivíamos al límite!

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Y es que en este verano, tan atípico como novedoso, son muchos los que se han
animado a formar parte de un club similar para poder disfrutar de un ratito de
ocio al aire libre, en familia, practicando deporte o tumbados en la toalla viéndolas venir a
la sombra. Esta necesidad nos devuelve la posibilidad de valorar todos esos
momentos vividos y que no volverán; ciertos olores, sensaciones y emociones pertenecen al pasado. Por ello, tal vez, este sea un buen momento de empezar a crear  recuerdos,  pequeños instantes inolvidables para, algún día, poder volver la vista atrás y arrancarnos una sonrisa cuando más necesitados estemos de ella.